Mensaje: Separación de Iglesia y Estado | Homenaje

Por Zuly García

Dedicamos esta marcha del Día Internacional de la Mujer a Myriam Merlet, Magalie Marcelin y Anne Marie Coriolan. Estas tres líderes haitianas, negras, rodeadas de pobreza, desigualdad y opresión, tenían una larga trayectoria de activismo feminista para reformar un sistema judicial que nunca tomó en serio las violaciones de los derechos de las mujeres. Crearon organizaciones y refugios para proteger a mujeres y niñas contra la violencia doméstica y el tráfico humano, publicaron un periódico feminista, denunciaron las violaciones como arma política, expandieron un archivo histórico y un centro documental, y lucharon por la protección de los derechos sexuales y reproductivos. Fallecieron este año, junto a otros miles de mujeres, niños y hombres, a consecuencia del terremoto que afectó a Haití. Pero no nos engañemos, sus muertes no han pasado desapercibidas, y se sentirán, por mucho tiempo, tanto en Haití como en el resto del Caribe. Sus muertes propondrán dos posibles escenarios: la pérdida de los espacios fisicos y políticos ganados por ellas, o bien que las otras hermanas haitianas feministas incrementen las ganas de continuar su lucha.

Las situaciones de las mujeres haitianas no son tan distantes de las situaciones de las mujeres puertorriqueñas, quienes al igual que ellas, aún experimentamos una vida de violencia, desigualdad económica y social, pobreza, abusos, roles impuestos y discrimen por género. Es por esto que conmemorar el 8 de marzo y dedicárselo a las comadres Myriam Merlet, Magalie Marcelin y Anne Marie Corolian es una invitación a continuar el trabajo de estas mujeres desde la realidad de nuestro archipiélago.

Imaginemos hoy lo que Magalie, Myriam y Anne Marie pudieron haber hecho si, en lugar de Haití, hubieran estado en Puerto Rico.

Con su trabajo de concienciación sobre la violencia contra las mujeres y niñas, Myriam muy bien pudo haber logrado apoyar a Ana Irma Rivera, una mujer blanca, alta, voluptuosa, madre de dos niñas, coqueta, casada con Pito, que bebe, jode, grita y admite descaradamente que su placer son las mujeres, así que tiene 2, mientras Ana Irma baila, vestida de policía, sirvienta o domadora, para el disfrute de otros machos. Ella se tira el tarot una vez al mes, con la esperanza de encontrar alguna buena noticia: los números de la loto o el pega tres, que Pito tiene un accidente y se muere, que sus hijas serán cantantes y la sacarán del barrio y la llevarán a los Oscares. Pone agua en la puerta de entrada pa’ las malas vibras, tiene a San Miguel Arcángel en la puerta para que cuide la casa y le pone flores a Yemayá, su madre.

Magalie, por otro lado, pudo muy bien haber ayudado a Josefina Pantojas a desarrollar una microempresa en el mercado, asistiéndola desde la organización Kay Fanm, dedicada a la otorgación de microcréditos a mujeres. Josefina es una mujer medio esotérica, que vive en Santurce y cree en los duendes y las hadas. Se le pierden las llaves y cree que los duendes se las escondieron; encontró estacionamiento y las hadas le ayudaron. Es lesbiana, no tiene hijos, tiene un gato al que llama Hudini y está desempleada desde julio 2009.

Anne Marie también pudo haber logrado, con su plan de incidencia política, que se creara un proyecto de prevención y educación en salud sexual y reproductiva que ayudara a Alana Feldman, católica, residente en Mayagüez, cuyo marido es profesor. Ella estudia inglés, va los domingos a la Iglesia, comulga, y su marido piensa que no debe utilizar anticonceptivos, pues el rol primordial del matrimonio es reproducirse. Alana no está lista para tener hijos, tiene sed de vida y de aventura. Le dice a su marido que su amor por Dios y su intención de obedecer las reglas de la Iglesia no pueden interferir con sus derechos como humana, pero él no le hace mucho caso y ella no encuentra apoyo ni en su iglesia ni en su familia.

Josefina, Alana y Ana Irma somos todas.

Cada una de estas tres mujeres, Ana Irma Rivera, Josefina Pantojas y Alana Feldman tienen creencias religiosas diferentes, pero todas comparten en la misma sociedad del Puerto Rico actual. Para que ellas puedan ser ciudadanas que reciban el trato equitativo que merecen como parte de esta sociedad, es necesario que en Puerto Rico haya un Estado laico. La existencia de un Estado laico le permitirá a Josefina creer en duendes y hadas, a Ana Irma creer en Yemayá y en la información que le da el tarot, y a Alana creer en el Dios de la religión judeo-cristiana, sin penalidades ni discrimen, sin que sus creencias sean óbice para recibir trato igual o que se vean desplazadas y desprotegidas por leyes que favorecen a un grupo de creyentes sobre otro, creyente o no. El artículo 3 de la Carta de Derechos de la Constitución de este país dice lo siguiente: “No se aprobará ley alguna relativa al establecimiento de cualquier religión ni se prohibirá el libre ejercicio del culto religioso. Habrá completa separación de la Iglesia y el Estado”. Sin embargo, en la actualidad este mandato constitucional es letra muerta. Se hacen reflexiones religiosas en el hemiciclo y en las reuniones de Fortaleza y agencias públicas; los políticos actúan desde los zapatos del fundamentalismo religioso judeo-cristiano; se eliminan espacios políticos dirigidos a abogar por las mujeres porque los derechos que reclaman no compaginan con algunos preceptos de instituciones religiosas; el Estado le da prioridad a organizaciones de base de fe sobre organizaciones que históricamente han atendido a las comunidades de mujeres sin hacer distinción en cuanto a sus creencias o falta de ellas; la primera dama se reúne, se retrata y confabula con líderes religiosos; se crean leyes que discriminan las circuntancias adscritas al género femenino; y se discrimina contra mujeres en posiciones gubernamentales por cumplir con el sistema de derecho de Puerto Rico, como lo es el derecho al aborto. ¿Cómo es posible que en un Estado constitucionalmente laico un derecho se haya convertido en pecado? Un Estado laico evitaría que se impusiera, a través del poder político, una religión específica que discrimine contra toda persona que viva y actúe diferente a la religión así impuesta.¿Acaso vivimos en la Edad media? ¿Acaso no debemos todas y todos levantar nuestras voces y repudiar este nuevo casamiento entre Iglesia y Estado que nos afecta a todas y todos? No se engañe nadie, nadie es libre mientras las mujeres no seamos ciudadanas libres, mientras las mujeres continuemos siendo ciudadanas de segunda categoría, invisibilizadas en las agendas de los políticos actuales.

Aún 100 años después coincidimos todas en el mismo lugar, en el de la inequidad, las desigualdades y el discrimen. Las mujeres todavía no accesamos una vida 100% libre de violencia, no podemos decidir sobre nuestros cuerpos, quedamos desamparadas por la familia y el Estado cuando hemos sobrevivido a relaciones de violencia, somos las más pobres y, como decía Canales, todavía valemos menos que una gallina. Por eso hoy, no tan sólo conmemoro el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer y a nuestras comadres haitianas, Anne Marie, Magaly y Miriam, sino a todas aquellas mujeres que también resistimos, nos transformamos y transgredimos; al levantar nuestra voz de protesta; al denunciar la intervención de creencias personales sobre el bienestar público en la toma de decisiones del Estado con relación a nosotras; al escribir, llamar y exigirle a los políticos electos por el Pueblo acciones concretas y al marchar un día como hoy negándonos a los tratamientos de Clinique y a los actos de paternalismo institucional. Hoy marchamos por la equidad!

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